Mila Dosso
¿Quo vadis, Resistencia?
Domingo, 25 de Julio de 2010 - 04:00
Resistencia se enfrenta irremediablemente al viento de la decadencia, a un paso de convertirse en una ciudad insignificante, ahogada en sus problemas, atrapada entre la indiferencia de sus ciudadanos y la incapacidad de los diversos actores políticos -fundamentalmente el municipio- de asumir con visión de futuro el gran reto que significa administrarla con eficiencia.
Hacinamiento, viviendas deterioradas, déficits de equipamiento e infraestructura urbanos, destrucción del medio ambiente, pérdidas de espacios verdes, altos niveles de contaminación ambiental, debilitamiento del poder local, un enjambre vehicular con un pésimo servicio de transporte público, escasa participación ciudadana en las decisiones y, sobre todo, un crecimiento acelerado de la edificación y concentración poblacional configuran la imagen del caos y la anarquía urbanos. Condiciones a las cuales paradójicamente contribuyen, porque una gran mayoría de ellos, es evidente, no tiene ni el conocimiento ni el más elemental respeto de las normas de convivencia ciudadana.
Sea cual fuere la zona donde uno resida, la calidad de vida en Resistencia se ve afectada por un deterioro dramático y el “codiciado” casco céntrico poco puede envidiarle a barrios que se consideran “peligrosos, feos y marginales”. La capital chaqueña está siendo afectada por una creciente ola de problemas que van desde la inseguridad y la pobreza, pasando por la contaminación ambiental y la anarquía de sus espacios públicos, hasta la pérdida de los principios y valores que sostienen el tejido social.
El caos vehicular, la violencia callejera y la falta de respeto entre los vecinos; el colapso de los servicios básicos, la suciedad, el insoportable ruido de una ciudad que vive de las miserias humanas, el crecimiento anárquico de las zonas populosas y los edificios en altura; la proliferación incontrolable y aterradora de niños, adolescentes y mujeres solos en la calle, de la prostitución y de la drogadicción; el desborde, el estado deplorable de los jóvenes que salen de los boliches —cuyos dueños hacen ingresar inescrupulosamente el doble y hasta el triple de lo que admite la capacidad del local sin que las autoridades responsables de su control se inmuten— son sólo parte de las múltiples manifestaciones de los problemas que enfrenta la ciudad, convertida en una auténtica jungla de cemento.
El espacio público resultante es tierra de nadie, donde todo vale y en el que las cosas sólo funcionan bajo la ley de los más vivos y los más fuertes. La población tiene una baja cultura vial, en muchos casos con “licencia” para actuar según sus propias leyes, de modo que peatones y vehículos se entrecruzan en un laberinto, en un juego de poder entre insultos y gritos para ver “quién es el que la tiene más grande”.
Municipio: mucho ruido y pocas nueces
El desbordamiento institucional del municipio, con todo el aparataje de estructuras, funcionarios y concejales, es el primer responsable de provocar, favorecer, impulsar, amparar y hacer “la vista gorda” ante las actividades que han dado lugar a la destrucción y el caos que en la actualidad impera, en función de determinadas ambiciones económicas y partidistas.
Sin tomar en cuenta que Resistencia ha llegado hace tiempo a los límites del crecimiento anárquico y que se le termina el tiempo de avanzar hacia la formulación de un proyecto de administración y desarrollo de la ciudad que contemple como mínimo un plan maestro a mediano plazo, las llamadas “grandes” obras que se ejecutan se han reducido al enfoque limitado de inaugurar pavimentos (hechos “a los ponchazos”, para colmo), festivales, mucha pirotecnia y destacadísimas actuaciones artísticas de Misia Aída.
Suenan a burla en una ciudad que demanda un mínimo de planificación para encauzar de manera ordenada su desarrollo; una nueva política y gestión urbana que requiere, en primer lugar, romper con la estructura de poder e intereses que se juegan en la gestión de la susodicha.
La municipalidad sólo le interesa a la intendenta como trampolín para acceder a la casa de gobierno. Una estación de paso que se edifica sobre la improvisación y la ausencia de una política de Estado que permita plantear soluciones de continuidad a los problemas reales que aquejan a Resistencia y sus habitantes.
La planificación urbana, entendida como un ejercicio técnico-político que busca la concertación de múltiples voluntades sociales hacia la consecución de un futuro deseado, es una práctica que se fundamenta en la investigación del entorno, del ámbito de actuación, y sobre el cual se realiza una gestión múltiple que desata un complejo proceso socio-espacial.
Se trata de superar un diagnóstico ya harto conocido y de articular estrategias en función de disponer el conjunto de acciones adecuadas a un desarrollo urbano sostenible, que busquen dotar a la ciudad de una imagen y un paisaje habitable, humano y democrático, no un manicomio de desamparados, por donde transita la indiferencia total de sus habitantes con su ciudad y la desidia de sus gobernantes.
La participación ciudadana
Una ciudad se recupera con la participación de los ciudadanos. Es importante promover el desarrollo de esa conciencia en todos los miembros de la comunidad. No se trata solamente de recuperar una acera, que hay que hacerlo; de recuperar una plaza o un boulevard, que también hay que hacerlo; no se trata solamente de levantar edificios de concreto, también hay que levantar la moral a ciudadanos que se ven agobiados por una urbe en estas condiciones.
Frente a un ideal de cohabitación respetuosa, democrática y participativa, prevalecen los comportamientos excluyentes, arbitrarios, ofensivos a la dignidad humana y el reconocimiento de un mundo que cada día es más plural y legítimamente diverso. Prácticas que han roto la cultura ciudadana y el entendimiento social y que han hecho de lo público un recurso para la persecución de intereses particulares.
Resistencia se define hoy por el anonimato, el desarraigo, la pérdida de afectividades y solidaridad, conductas manifiestas en el abandono del acatamiento a las leyes y la pérdida de valores. Se ha perdido la centralidad educativa de instituciones como la familia, la escuela y el propio Estado, probablemente por ser la ciudad lugar de múltiples encuentros dentro de los cuales discurre el proceso de socialización.
O de disolución: constituimos apenas un primitivo conglomerado de personas, con diferentes orientaciones éticas y culturales, en el que la ley se desconoce o se ignora a propósito, y cuyo resultado es la imprevisibilidad de conductas que impiden una interacción social organizada; cada cual hace lo que considera conveniente en un momento determinado. Cumplir la ley, actuar de acuerdo con sus principios rectores o retomar los hábitos socialmente compartidos para resolver comportamientos en el espacio público tiene por resultado el desencuentro que resulta en un desorden social que afecta negativamente la convivencia ciudadana.
Los conflictos cotidianos, las relaciones más simples, son tocados por el modo violento, agresivo, de dar trámite a las diferencias o desacuerdos. El escenario se torna tanto más complejo en cuanto se trata de violencias no organizadas, con actores y expresiones difusos, que desatan una convulsión de fuerzas fragmentadas, cuya dinámica genera numerosos roces y conflictos entre grupos que se encuentran y desencuentran y que dan a la ciudad un carácter turbulento y caótico.
Nacen así formas de regulación extra institucionales que se van convirtiendo en un modo de funcionamiento de la sociedad, caja de resonancia de la forma como se ejerce y se disputa el poder político por las estructuras de dominación.
El reconocimiento de la existencia de amplios sectores de vecinos para quienes es legítimo estar fuera de la ley lleva a plantear la urgencia de programas de educación ciudadana que superen la cultura del atajo (optar por el camino más corto de no respetar las normas, pasando por encima de los demás), como un gran proyecto de normalización de la ciudad por la vía de la intervención comunitaria.
El concepto básico de esta propuesta es el de la autorregulación ciudadana, que busca que los vecinos acepten y respeten normas mínimas de comportamiento, apelando a mecanismos de probidad y de solidaridad social.
Los muertos que vosotros matáis
Heridas que la democracia no ha sabido curar
La tiranía de la palabra vale más que una imagen
Padres sin autoridad, niños sin límites, hijos sin rumbo
Ser dignos de aquel antiguo juramento
La Justicia, esa bella mujer golpeada
La Justicia, esa bella mujer golpeada
Argentina: tierra de fracasos y esperanzas
Argentina: tierra de fracasos y esperanzas
Los sueños que forjaron la patria
La degradante vulgaridad que explota la televisión
La degradante vulgaridad que explota la televisión
Mercado libre
Compra: 3,92 pesos
Venta: 3,95 pesos
Fuente: Casas de cambio
Sorteo del Día: 04/09/2010 |
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CHAQ. |
NAC. |
BON.
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LA PRIMERA
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7083 |
1483 |
MATUTINA
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8997 |
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1264 |
VESPERTINA
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NOCTURNA
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¡Buen día! Suele decirse que la gente pobre es habitualmente más solidaria que los ricos. Algo de eso es verdad. Quien padece la pobreza suele tener una sensibilidad mayor hacia quienes la sufren más. Quizá exagerando un poco, el que fuera arzobispo de Corrientes por tantos años, monseñor Vicentín solía comentar que la hermosa Basílica de Itatí había sido construida por las promesas de los ricos y... los pesitos de los pobres.
Mejores respuestas a viejos problemas
Tras varios años de procesos de transformación en su sistema educativo y la instalación de un régimen de evaluación de los aprendizajes, conocer, entender, cuestionar y avanzar sobre la realidad educativa del Chaco es uno de los pilares básicos sobre los cuales hoy, el gobierno de la provincia y la cartera educativa, han decidido conjugar objetivos con la mirada puesta en la mejora cualitativa de la educación y con los desafíos del tercer milenio como horizonte.
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